Comunicado de prensa, mayo de 2008

El Tíbet atraviesa hoy uno de los momentos más difíciles de su historia. Es muy triste verse obligado a hablar de un problema interno tibetano en estas circunstancias. Si se tratara de un asunto de menor cuantía, lo correcto sería restarle importancia y no mencionarlo.

Sin embargo nos vemos enfrentados a unas circunstancias muy desgraciadas y complejas que afectan a no pocos individuos. Se trata de un problema que ha desquiciado la vida de innumerables tibetanos, tanto en el exilio como en el Tíbet, una situación sin precedentes en la historia tibetana, tan irracional que apenas si puede ser captada por las personas sensatas de este mundo. Estamos hablando de una persecución religiosa extremadamente grave, que acarrea la violación de derechos humanos elementales.

Para tratar de hacer comprender el alcance increíble de esta situación en el pueblo tibetano, intentemos hacer una analogía.

Si Su Santidad el Papa renunciara a un santo en particular de entre los muchos santos venerados de la Iglesia católica, su acción no pasaría desapercibida y acarrearía muchos comentarios. Pero si Su Santidad declarara a renglón seguido que ese santo es un espíritu maligno, aduciendo que la veneración que se le tributa es dañina tanto para la propia vida del pontífice como para la libertad política de Italia, no cabe duda de que la extravagancia de tal afirmación haría que todo el asunto cayera en la esfera del ridículo. Pero si, para colmo, el gobierno italiano adoptara la antipatía del Papa por ese santo volcándola en políticas de Estado –obligando a todos los italianos a renunciar a él en ceremonias públicas de apostasía, con juramento oral y escrito de que no sólo no profesan veneración por el santo sino que van a cortar toda relación espiritual o material con todo aquel que no cumpla con la voluntad papal– con toda seguridad las personas honestas de este mundo se alzarían contra semejantes actos. Créase o no, esto es, precisamente, lo que nos está sucediendo.

Esta situación comenzó hacia finales de los años setenta, cuando S.S. el Dalai Lama cayó bajo la influencia creciente de malos consejeros, tales como el llamado “oráculo de Estado” y otros funcionarios claves en la creación de las políticas del gobierno tibetano en el exilio. Esta gente se las arregló para modificar la fe que S.S. el Dalai Lama profesaba hacia una deidad en particular, Dorje Shugden, que se contaba entre centenares de deidades parecidas, respetadas por el budismo tibetano. Cientos de miles de tibetanos han confiado en esta deidad por muchas generaciones, entre ellos el propio Gurú personal del Dalai Lama, Kyabje Trijang Dorje Chang, así como su noble chambelán privado que organizó su escape, sano y salvo, hacia la India, sus guardaespaldas y muchos luchadores Khampas por la libertad, que dieron sus vidas para salvaguardar la vida de Su Santidad.

Las primeras críticas contra la deidad por parte del oráculo de Estado y Su Santidad comenzaron a circular de modo semi público en 1978, y desde entonces empeoraron, año tras año. En la primavera de 1996 Su Santidad renunció por primera vez públicamente a la deidad, en Dharamsala, durante las enseñanzas de primavera, con las siguientes palabras: “Si ustedes quieren mi ruina y no les importa nada la libertad del Tíbet, sigan venerando a ese espíritu maligno”.

Estas palabras provocaron una conmoción impresionante en la comunidad tibetana en el exilio, que dura hasta el día de hoy. El gobierno tibetano en el exilio convirtió la antipatía personal del Dalai Lama contra Dorje Shugden en política de Estado, y comenzó una campaña mundial contra la deidad y contra todos y cada uno de los individuos relacionados con ella.

Gracias a la generosidad y protección del gobierno y del pueblo de la India, los tibetanos gozaron por décadas, en el exilio, de una vida armoniosa, reconstruyendo sus monasterios y prosiguiendo sus estudios y actividades religiosas en paz y seguridad. Ante la presión constante del gobierno tibetano en el exilio, esa paz y esa armonía han sido destruidas, y un cisma tremendo ha dividido a toda la sociedad tibetana.

Se llevaron a cabo muchas campañas para hacer firmar la declaración de abandono de la deidad. Algunos individuos firmaron tanto por respeto como por miedo a disgustar al Dalai Lama. Otros expresaron con sinceridad que tener que escoger entre su práctica religiosa y el Dalai Lama constituía un dilema angustioso, comparable a tener que elegir, por la fuerza y por escrito, entre su padre y su madre, por lo cual se negaron a firmar. Quienquiera se negó a abandonar a la deidad fue considerado un traidor. Estos trámites han ido creando de modo automático graves divisiones en la comunidad tibetana del exilio, pero asimismo, con toda suerte de pretextos, esta enigmática campaña ha sido exportada con gran fuerza e intensidad por el gobierno en el exilio a la patria tibetana, diseminando así este cisma desgraciado en el propio Tíbet.

El empeoramiento de la situación nos obligó a organizarnos, y por ello se fundó la Sociedad Dorje Shugden en 1998. Nuestra organización intentó usar, desde su fundación, todo método sensato posible e imaginable para resolver este problema. Hemos apelado a S.S. el Dalai Lama, a nuestro departamento de asuntos religiosos, a dignatarios religiosos y políticos, suplicándoles comprensión, una mirada compasiva hacia nuestra situación, y pidiéndoles que nos permitan continuar con nuestra práctica religiosa tal como lo hicieron nuestros Maestros y nuestros ancestros. Todos estos intentos fueron ignorados y rechazados de modo hiriente. No sólo no fuimos escuchados, sino que las presiones y restricciones impuestas por Su Santidad y su gobierno en el exilio fueron aumentando sin pausa, hasta el punto de ser la deidad públicamente acusada hoy en día de demonio chino y todos sus devotos de ser espías y colaboradores de la China.

En enero pasado, en particular, Su Santidad y Samdong Lama –primer ministro del gobierno en el exilio– públicamente exhortaron con gran vehemencia a la opinión pública a alzarse en contra de los seguidores de Dorje Shugden. Una vez más organizaron una campaña pública de firmas y juramentos, tanto en los monasterios como fuera de ellos, en la cual todos y cada uno de los tibetanos han tenido que jurar no sólo que renuncian a la deidad, sino también que cortan toda relación espiritual y material de cualquier tipo con todos y cada uno de los seguidores de Dorje Shugden.

Como resultado de esta última campaña la comunidad monástica ha sido obligada a dividirse, cortando todos los lazos comunes de estudio y plegaria. Asimismo en el nivel mundano, toda relación social –hasta la más sencilla, como comer juntos o vivir bajo el mismo techo, o tener un negocio en común con un devoto de Dorje Shugden– ha sido prohibida. Algunas organizaciones están incluso presionando para que cada seguidor de la deidad sea expulsado de la India. Los hijos de los devotos son perseguidos en las escuelas, y hasta los comercios ostentan carteles indicando que los practicantes de Dorje Shugden tienen prohibida la entrada.

Es así que hemos sido clasificados y tratados como parias absolutos en nuestra sociedad tibetana. Esta increíble situación es la realidad desgraciada de nuestra vida cotidiana.

Con nuestros medios muy limitados hemos tratado de ponernos en contacto con el gobierno de la India y con algunas organizaciones internacionales, pero debido a la extraordinaria reputación de S.S. el Dalai Lama y lo inconcebible que resulta este problema, sólo se le ha prestado una atención ínfima a nuestra situación. Es por ello que tratamos de aprovechar esta oportunidad en la que la atención del mundo está concentrada en el Tíbet, para hacer conocer al mundo nuestro problema, especialmente al gobierno y al pueblo de la India, que son nuestra gran esperanza, refugio y amparo. Suplicamos a las personas honestas de este mundo que nos presten atención y sean nuestros testigos.

No podrá resolverse el problema tibetano en la escena internacional mientras subsista el desprecio y la violación de los derechos humanos en el seno de nuestra comunidad por parte de nuestros propios líderes.

También es importante recordar que las numerosas personas que han venerado a la deidad Dorje Shugden en el pasado y siguen haciéndolo en el presente no pertenecen a ninguna secta extraña ni han constituido nunca una organización aparte. Si venerar a deidades protectoras además de venerar al Señor Buda –que es el objeto de refugio primordial y supremo de todos los budistas– calificara a alguien como seguidor de un culto o secta, entonces todos los budistas tibetanos caerían en esta categoría, porque los seguidores de todas y cada una de las cuatro tradiciones tibetanas, incluyendo al Dalai Lama, veneran cotidianamente a una multitud de deidades protectoras.


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Geshe Konchok Gyaltsen, Dorje Shugden Society,
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